Acompañar a los hijos cuando ya son adultos plantea desafíos diferentes a los de la primera infancia, donde el rol de los padres resulta más estructurado y evidente.
La etapa de transición entre la juventud y la adultez exige encontrar un nuevo equilibrio para brindar apoyo sin caer en la sobreprotección o el control excesivo.
Los especialistas señalan que la base segura construida durante la infancia evoluciona hacia una presencia disponible que escucha sin juzgar y sabe esperar a ser convocada.
Construir un vínculo saludable en esta etapa implica aceptar las decisiones de los hijos, respetar sus procesos y tolerar que puedan equivocarse por su propia cuenta.
Fomentar proyectos propios y espacios de desarrollo personal permite a los padres evitar depositar toda la carga afectiva en los hijos y fortalece la relación mutua.
Fuente: Clarín Buena Vida
