Con la llegada del clima cálido suelen multiplicarse las propuestas de alimentación muy bajas en calorías o que eliminan grupos enteros de alimentos. Sin embargo, los especialistas advierten que estas restricciones extremas suelen derivar en el efecto rebote y en episodios de atracones.

El organismo activa mecanismos de supervivencia frente a la falta de energía. Esto provoca un aumento de la grelina, la hormona que estimula el apetito, y una disminución de la leptina, encargada de señalar la saciedad, lo que incrementa el deseo constante por comer.

La prohibición de ciertos alimentos genera que el cerebro aumente su atención hacia ellos y potencie el deseo. A su vez, el factor emocional, el estrés y la ansiedad suelen transformar la comida en un refugio temporal que luego genera culpa.

Este ciclo de restricción y descontrol no solo dificulta el mantenimiento de un peso estable, sino que también incrementa el riesgo de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria. Modificar el vínculo con los alimentos y dejar atrás el pensamiento de todo o nada es fundamental para cuidar el bienestar integral.

Fuente: Clarín Buena Vida